domingo, 10 de diciembre de 2017

Mecánica de la probabilidad literaria





Yesis Arturo Torres Rodríguez

En el mundo que percibimos a diario suceden eventos extraordinarios, rarezas de la realidad en cuyo interior los hechos pasan de un modo muy distinto al que pensamos. Vivimos en un universo gobernado por las fuerzas que se hallan en los intersticios diminutos de la existencia.
Ernest Hemingway, autor de 'Por quién doblan las campanas'. Archivo

Es precisamente aquí en donde la física cuántica y la literatura comparten un punto de encuentro, al tratar de acercarnos a esa extraña naturaleza que se esconde al interior de todas las cosas.

Ambas tienen la singularidad de ser expresiones intranaturales del cosmos, pues revelan principios que niegan estados absolutos y determinados de la realidad. En ellas gobiernan la incertidumbre y la indeterminación. Además, para comprenderlas se hace necesario abandonar enfoques interpretativos que respondan a lógicas que apelen al sentido común. Nos hemos acostumbrado a lanzar una pelota, conocer su recorrido, su posición y su final, pero la naturaleza encierra sus propias maneras. Es más, si se les asignan estados definidos del universo macroscópico (vida real), se nos hace imposible comprender la mística de la que se encuentran revestidas, pues tanto el arte literario como el comportamiento subatómico funcionan con independencia de nuestra forma de organizar e interpretar el mundo.

Jorge Luis Borges da una exquisita muestra de cómo la literatura muchas veces se puede leer como ciencia, y cómo dichas coincidencias nos van dando luces de esta relación. Quince años antes de que el físico estadounidense Hugh Everett propusiera su teoría de los universos paralelos, el genio argentino publicó el cuento ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’. En esta historia, el autor expresa con suma lucidez la posibilidad de la bifurcación del espacio-tiempo por medio de actos que se ramifican en nuevas realidades.

“…cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pên, opta— simultáneamente—por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan”.

Cada acto, cada recorrido, cada salto, cada diálogo, cada giro dramático, cada duda, cada estado cuántico, cada simetría representa no menos que todos los actos, todos los recorridos, todos los saltos, todos los diálogos, todos los giros dramáticos, todas las dudas, todos los saltos cuánticos y todas las simetrías que pudieran existir para un mismo instante. Lo cierto (como categoría de lo real) parece (por lo menos en lo que se refiere a lo diminuto y a lo literario) fotogramas de la posibilidad, ubicados uno encima del otro de forma infinita, donde el tiempo y la progresión aparecen como determinantes, pues en esencia la bifurcación surge como un laberinto complejo de realidades habitando en simultáneo. Es como si a cada instante le pertenecieran todos los instantes posibles en una eterna e inmutable continuidad.

El movimiento de lo fundamental nos dice, además, que con tan solo imaginar podemos construir la posibilidad, pues cuando se mira la bifurcación como continuidad, la realidad aparece como derivación de una existencia más compleja e imperceptible. Es así como el acto imaginativo (fuente sagrada de la literatura) se convierte en una manifestación creativa.

De acuerdo con esta teoría, en algún universo paralelo al nuestro, Robert Jordan (personaje de ‘Por quién doblan las campanas’, de Ernest Hemingway) justo en este instante se encuentra a un costado del camino con el dedo sobre el gatillo, esperando que se acerque lo suficiente un militar con rango de oficial para disparar. En otro, Hypatia Belicia Cabral (personaje de ‘La maravillosa vida breve’, de Óscar Wao) se encuentran saliendo de los cañaverales luego de resistir los embates más duros del “Trujillato”. ¿Difícil de creer? Pues así son las ideas derivadas de la realidad más pequeña, poderosa y extraña que existe.

En el mundo que percibimos todos los días, una piedra es una piedra, un árbol es un árbol, y  en definitiva, un río es un río. Una cosa es una cosa en cuanto posee los atributos pertenecientes a esa cosa. Es decir, la sustancia fundamental que encierra la naturaleza de una existencia es excluyente de otras. En la vida cotidiana o eres árbol o eres perro, en ningún caso los dos.

Experimentos como el de la doble rendija dan cuenta de cómo en el universo cuántico se modifican y se mezclan estos principios de la naturaleza macroscópica. Recordemos que este experimento consiste en lanzar protones a través de dos rendijas perpendiculares. Las partículas chocan con la pared formando dos líneas, tal como lo harían unos balines si los disparáramos desde una distancia determinada. No obstante observar o no observar modifica el fenómeno, al mostrarnos lo que se conoce como patrón de interferencia, propio de naturalezas ondulatorias, dando lugar de este modo a la dualidad onda-materia.

La física clásica nos acostumbró a que los fenómenos ocurran con independencia de que los observemos o no, cosa que cambia a medida que nos introducimos en las realidades más diminutas. Tanto para el movimiento de las partículas fundamentales como para el mundo de las letras, observar influye en los fenómenos. El lector (observador) recrea en su mente las historias. Sin lectores no hay literatura, pues la literatura solo es literatura en cuanto es leída. Por muy buena que sea una historia siempre va a requerir su contraparte, la lectura. Como en el famoso experimento de la doble rendija, leer modifica las historias, al construir representaciones mentales de los hechos. Si el objetivo fundamental de la literatura es despertar las emociones en un individuo, cada lector lo hace de un modo distinto. Un texto literario está sometido a diversas miradas, y esas miradas lo modifican en cuanto lo crean y lo recrean.

La ciencia durante siglos ha construido categorías absolutas que han desestimado postulados que explican la existencia desde otras orillas del pensamiento. No obstante, con el descubrimiento del universo del quantum y sus manifestaciones ambivalentes se abre un espacio privilegiado a lo fantástico, que había sido apartado durante mucho tiempo por nuestras creencias en la vida real.

Estas dos manifestaciones de la inteligencia humana son hidalgas exponentes de la subversión del pensamiento, pues se han atrevido a negar y a reconstruir esos valores absolutos que parecían estar empotrados en una especie de totalitarismo cognoscitivo, una dictadura de lo innegable impuesta por la religión y por la misma ciencia desde antaño. Con ellas estamos recuperando el valor de lo fantástico.

Fuente :El Espectador

Jorge Luis Borges, un artista de la lectura




“Su vida eran sus libros, sus demasiados libros, aun cuando leer no se cuente dentro de los intereses de millones de analfabetos”

Por: Fernán Avid Medrano Banquet         

Cuando por primera vez leí a Jorge Luis Borges experimenté la sensación de que el autor argentino era el colmo de la literatura, de que no había nada más allá de la estética de lo precioso y de la estética de lo repugnante hecho letras. Non plus ultra. Y, como es de suponerse, deseé contagiarme de su genialidad, incluso de sus fealdades. Pero en el acto comprobé que nunca me sería dable escribir lo mismo que él. Por eso, tomé la decisión de que tenía que resignarme con aspirar a ser, en el mejor de los casos, un artista de la lectura. Porque como viajero de las páginas de todos los libros del universo, nuestro creador ingenió un arte alterno: el arte de la lectura, que puede prefigurar el arte de la escritura. Nos legó el consejo de que para ser un gran escritor hay que ser mil veces un gran lector.

Borges imaginó que el paraíso debía de poseer la forma de una biblioteca bien nutrida. Su vida eran sus libros, sus demasiados libros, aun cuando leer no se cuente dentro de los intereses de millones de analfabetos (de analfabetos hasta con doctorado y todo). Sintió además que podía enorgullecerse de los libros que alguna vez leyó, antes de que sus ojos fueran socios de lo oscuro. Al autor de Fervor de Buenos Aires no le gustó lo que escribió ni cómo lo escribió. El suyo era un nivel de autocrítica elevado. Prefería a otros autores. Recomendaba que nos olvidáramos de él; nos sugirió que leamos a Thomas De Quincey, Robert Louis Stevenson, Charles Dickens. Rafael Cansinos-Asséns lo deslumbró con su mucha luz libresca. Y lo vio al sevillano como la encarnación de todas las bibliotecas del Viejo Continente.

En cierta ocasión, durante una de esas conversaciones similares a las que sucedían en el Monte Olimpo, cuenta Jorge Luis Borges que le preguntó a Rafael Reyes por qué publicamos, a lo que el autor mexicano le respondió que publicamos para no pasarnos la vida corrigiendo. El erudito bonaerense no publicó una novela memorable, acaso porque se pasó la vida puliéndola en su memoria justa. O porque no quiso exponer carne en la parrilla de la crítica cavernícola. O porque seguramente acató a pies juntillas la recomendación de su padre, en el sentido de que escribiera mucho, rompiera casi todo y, sobre todo, no se apresurara a publicar.

Borges supo todos los trucos con los que la literatura postula la recreación del cosmos. Se divirtió cantidad jugando con los artificios de la magia literaria y a continuación los despreció. A propósito del autor de la Historia de la eternidad se ha declarado de todo. Por ejemplo, que es un dinosaurio político. Sí pero no: lo de posponer las elecciones durante doscientos años y lo de proponer un gobierno meramente municipal vale la pena analizarlo y, si es preciso, considerarlo.

Hubo quien escribió un prólogo para afirmar que Jorge Luis Borges es tal vez en lengua castellana el único autor a quien el Premio Nobel de Literatura no lo merece. A no dudar, yo me adhiero a esa opinión en su conjunto. El capricho rencoroso de los referees de otras latitudes no es digno de aprecio. Tampoco estoy convencido de que los premios y autoelogios curen la depresión de los que fracasan al triunfar. Es un contrasentido consagrar la vida a la persecución del éxito. Además, Borges descreyó del fracaso y del éxito. Y a despecho del Premio Nobel de Literatura secuestrado, los cuentos y poemas borgianos siguen escribiéndose en la memoria de las gentes.

Fuente : Las dos orillas

sábado, 2 de diciembre de 2017

Borges, il “teologo ateo”



 
Il cardinale Gianfranco Ravasi analizza il percorso letterario dello scrittore argentino evidenziandone la vena religiosa già intravista da Leonardo Sciascia

MARIA TERESA PONTARA PEDERIVA
TRENTO

Nel 1965 l’allora professor Jorge Mario Bergoglio, 29 anni, insegnava lettere nel Colegio de la Immaculata Concepciòn di Santa Fe, un’importante città portuale argentina posta alla confluenza tra il Rio Salado e il Rio Paranà, a nord-ovest della capitale. Un giorno quel docente – che gli allievi avevano soprannominato «carucha» (faccia da bambino) per via del suo aspetto molto giovanile – ebbe l’idea di fare un esperimento didattico invitando a tenere un ciclo di lezioni agli studenti nientemeno che il celebre scrittore argentino Jorge Luis Borges (Buenos Aires 1899-Ginevra 1986), il quale accolse, non senza esitazione, la proposta di quel gesuita a lui sconosciuto. L’esperienza si rivelò talmente intensa che Borges rimase a Santa Fe per un’intera settimana per spiegare ai ragazzi la tecnica della stesura di un racconto e nello stesso anno l’editore argentino Maktub pubblicava i loro lavori con il titolo “Racconti originali” e prefazione di Borges. «Altri menino vanto delle parole che hanno scritto; il mio orgoglio sta in quelle che ho letto», sarà una delle sue massime successive.

A raccontare i particolari di questo incontro è il cardinale Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consiglio della Cultura e della Pontificia Commissione di Archeologia sacra, in un volume che giunge in libreria per i tipi delle Edizioni Dehoniane di Bologna. Il motivo è presto detto: ben prima di aver visto la foto che ritraeva il giovane Bergoglio con lo scrittore – mostratagli direttamente da Papa Francesco – Ravasi confessa di aver provato curiosità per il famoso scrittore che sbrigativamente definiva se stesso come agnostico, ma che in realtà era apparso per tutta la vita attratto dai temi teologici e in particolare dai testi sacri. Di qui la scelta di una ricerca più approfondita e sistematica proprio sulla filigrana religiosa che si intuisce dalle (vastissime) pagine borgesiane per raggiungere il Borges «teologo ateo», secondo l’espressione di un altro scrittore, a lui simpatetico, Leonardo Sciascia. 

Il risultato, come scrive l’autore, vuole essere «soltanto uno sguardo essenziale ed emblematico, destinato non agli specialisti, ma a chi ha una conoscenza limitata di questo grande scrittore che non ebbe mai il Nobel e che ha costituito, invece, uno dei punti di riferimento più originali della cultura del suo tempo». E’ un percorso libero, non accademico (non un’esegesi critica, bensì «un viaggio tra sabbie mobili») che costituisce piuttosto un invito per avviare una conoscenza più diretta delle opere di Borges, la cui vocazione alla scrittura viene definita «quasi sacerdotale».

Scorrendo le pagine, all’interno di un panorama letterario ed esistenziale di vaste proporzioni, si viene condotti per mano da monsignor Ravasi – vero lettore appassionato – lungo le strade percorse dallo scrittore argentino: è un cammino fra storia e mito, «una parabola che intreccia l’universo esterno e l’io personale», un mondo dove le frontiere sono sempre labili e «non c’è mai una cortina di ferro tra verità e finzione, tra veglia e sonno, tra realtà e immaginazione, tra razionalità e sentimento, tra essenzialità e ramificazione, tra concreto e astratto, fra teologia e letteratura fantastica, tra icasticità anglosassone ed enfasi barocca …». Fino al paradosso supremo: «La vita è troppo povera per non essere anche immortale».

Un primato indiscusso fu assegnato da Borges proprio alla Bibbia, come rivelerà in un’intervista a María Esther Vázquez: «Devo ricordare mia nonna (Fanny Haslam Arnett, inglese e anglicana, ndr) che conosceva a memoria la Bibbia, in modo che io possa dire di essere entrato nella letteratura attraverso la via dello Spirito Santo».
In una conferenza tenuta ad Harvard nel 1969 lo scrittore riconduceva ad un trittico le opere fondamentali per l’umanità: l’Iliade, l’Odissea e i Vangeli («Credo che la storia di Cristo non potrebbe essere narrata meglio»).

Se il linguaggio poetico è analogo a quello sacro, Ravasi considera del tutto legittimo un interrogativo circa la sua «fede». E sono tante le espressioni che il cardinale rinviene nell’opera - come quella battuta dell’Aleph (1949) per la quale «morire per una religione è più semplice che viverla con pienezza» - tanto che conclude: «È indiscutibile che la Bibbia abbia offerto a Borges una specie di lessico tematico, simbolico, metaforico, archetipo e persino stilistico-retorico».

Dal libro di Giobbe – con ogni probabilità il suo preferito – all’Ecclesiaste: i libri biblici, come pure la Divina Commedia di Dante, sono compagni di viaggio nelle esplorazioni esistenziali dello scrittore fino al crepuscolo della vita quando scriverà i versi del «Cristo in croce», datandoli Kyoto 1984: versi di alta tensione spirituale, sottolinea il cardinale, ampiamente citati quando si vuole definire il suo rapporto con quel Cristo che non ha mai incontrato pienamente, ma la cui umanità ha costituito per lui una luce.

«Borges non aveva assolutamente “l’asprezza feroce” dell’ateo, ma la sua era una ricerca certamente implicita ma forse più intensa di quella di molti credenti pallidi e incolori». Anzi, con la familiarità del biblista, Ravasi lo accosta (anche per via della cecità che l’aveva colpito da anziano) al veggente Balaam definito come «un uomo dall’occhio chiuso (shetum)», mentre l’antica versione della Bibbia aveva letto «perfetto (shettam)»: proprio perché chiuso lo sguardo di questo profeta laico era capace di penetrare la realtà e coglierne il suo significato più profondo. E’ proprio «questa la sfida di Borges che non poteva non scontrarsi, tra le sabbie e le oscurità, con la roccia e la luce del trascendente, dell’eterno e dell’assoluto».

Fuente : La Stampa


Un vino para un cuento






 El momento de relax de la lectura, y del sumergirse en una historia que -aunque sea por unos instantes- a uno lo abstraiga de la realidad, tiene como maridarse.


 “El vino, como los cuentos, se deja apreciar por capas. A medida que transcurre el tiempo se va mostrando más atractivo, como sucede con las páginas de un libro”, dice Marcelo Pelleriti, enólogo.

Un descorche, y a volar. El vino es una bebida de rituales. Y entre ellos, la lectura es uno que le sienta muy bien. Porque, como los cuentos, el vino también tiene sus variantes de tonos intensos, suaves, románticos y amenos. A continuación, siete relatos para maridar con distintos cortes de vino. “El vino, como los cuentos, se deja apreciar por capas. A medida que transcurre el tiempo se va mostrando más atractivo, como sucede con las páginas de un libro”, dice Marcelo Pelleriti, enólogo. La guía de lectura que aconseja para empezar a vivir el verano.
“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo”
Así comienza el primero de los recomendados: “El mundo”, de Eduardo Galeano. Menos de 1000 caracteres conforman esta historia reflexiva, como la mayoría de los textos que salieron de la pluma de Galeano. “Es uno de mis cuentos favoritos. Por eso, si tengo que elegir cómo acompañarlo, elijo hacerlo con un vino especial, en este caso, de mi propia elaboración: un Marcelo Pelleriti Wines Cabernet Sauvignon. Así como el vino, este es un cuento que me emociona. Ambos son experiencias a las que quiero volver”, dice Pelleriti.

“En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño”
“El almohadón de plumas”, de Horacio Quiroga, es una historia de ternura y horripilantez, que necesita ser acompañada para superar el trago amargo que deja el final. “El suspenso que genera, en mi opinión, puede ser acompañado con un Brut Nature, porque, como el cuento, este también tiene su buena tensión en boca, pero a su vez, las burbujas ayudan a relajar esa sumatoria de adrenalina que genera al relato”, describe el enólogo.

“…la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida”
“Continuidad de los parques”, de Julio Cortázar es un cuento corto y complejo. “Lo acompañaría con un Cabernet, por su carácter denso y fuerte y con algo de picor. Me gusta cómo va con el clima del cuento: espeso y complejo al caer la tarde”, dice Virginia Delgado, profesora de Literatura. Eso tiene este relato de Cortázar que es necesario leer y volver a repasar para después, en silencio, reflexionarlo.

“…¿Qué te ha pasado? ¿Eres tú, hijo mío? ¡Pareces leche, pareces nieve!”
“Encontré casi su opuesto en Crisálida. Este cuento se acompaña bien con un vino blanco, cosecha tardía, dulce pero frutado y liviano, con tonos brillantes dorados o ambarinos. El color, quizás, es lo que me lleva a unirlos, porque la calidez de los tonos y de los aromas contrastan con el del relato: si bien en el cuento es verano y están en la playa, Bradbury pone en evidencia un tema social muy fuerte como lo es el conflicto racial”, agrega Delgado, al referirse al cuento “Crisálida”, de Ray Bradbury, uno de los escritores del género fantástico, terror y ciencia ficción más destacados de la literatura.

“De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos”.
Así inicia el relato de “La muerte y la brújula”, de Jorge Luis Borges. “Para este policial…un torrontés fresco y frutado, que amablemente pueda disfrutarse con la adrenalina del devenir de cada crimen que va narrando el cuento, me parece ideal”, sentencia Pelleriti. Recomienda también una variedad menos clásica, como un Semillón, que combine bien con el relato de un escritor complejo como lo es Jorge Luis Borges. “Es más una recomendación basada en el contraste que en la similitud”, agrega.

“Estoy profundamente interesada en la sordidez”
Una historia de amor, en medio de un escenario de conflicto, y de una nota en la que la mayoría de los recomendados caminan por la línea de la tensión y el suspenso. “Para Esmé con amor y sordidez”, de J.D. Salinger es un relato corto que muchos definen como “una de las piezas literarias más bellas surgidas de la Segunda Guerra Mundial”. “Para este relato corto, sugiero un vino con capas y que evoluciona en copa porque el cambio de narrativa que tiene el cuento puede acompañarse con cada estadío que va mostrando el vino. En ese sentido, si tuviera que hacer una recomendación, esta sería de un blend”, aconseja el enólogo.

“Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”
“El avión de la bella durmiente”, de Gabriel García Márquez es el séptimo recomendado. “Un cuento que me deja pensando. Pero que, sin duda, creo que dada la temática -que habla de la belleza de una mujer inolvidable-, recomendaría acompañarlo de un vino de etiqueta La Violeta. Para mí este vino tiene una delicadeza única, que quien lo prueba no lo olvida jamás, y mucho de eso, tiene la belleza femenina que menciona el cuento”, concluye Pelleriti.

Fuente : Revista Noticias – 29/11/2017