sábado, 20 de enero de 2018

José Hernández y Borges, traducidos por primera vez en la India




Dos clásico argentinos se leerán tanto en hindi como en bengalí.
         
Jorge Luis Borges, el argentino más universal, y José Hernández, autor del Martín Fierro, llegan a la India por primera vez. Mediante el Programa Sur, que subsidia traducciones de obras de autores argentinos en otras lenguas a través de la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería Argentina, se publicó en hindi Ficciones: diez cuentos, la selección de relatos Borges.

Esta novedad editorial está acompañada del Martín Fierro en bengalí, la segunda lengua más hablada de la India, después del hindi, y además la lengua oficial de Bangladesh.

Es la primera vez que Borges se traduce a una de las dos lenguas oficiales de la India (la otra es el inglés que dejó la colonización británica) y en esto trabajó sin pausa la embajada argentina. El libro es una selección de diez cuentos de Ficciones, entre los que están algunos de los más famosos de Borges, como El Sur, La biblioteca de Babel o Funes el memorioso.
 

Ficciones surgió de la fusión de dos libros: "El jardín de senderos que se bifurcan, compuesto por ocho relatos, entre ellos dos narraciones breves, Pierre Menard, autor del Quijote, y La Biblioteca de Babel. El segundo libro es Artificios, que tiene nueve cuentos. Tres de ellos, los más conocidos, son La muerte y la brújula, Funes el memorioso, y El Sur. Este último, según dijo Borges en alguna entrevista, era su "mejor cuento".

La presentación del volumen tuvo lugar el pasado la semana última en la Feria del Libro de Nueva Delhi, capital de la India. Allí estuvieron reunidos el editor indio con los traductores. Y si algo se puso de relieve fue el esfuerzo por llevar el universo de Borges a la lengua hindi, ya que antes sólo podía ser leído en inglés.

En tanto, el Martín Fierro, de José Hernández, que ya tiene traducciones a más de una treintena de idiomas, en esta ocasión tiene una edición especial bilingüe española-bengalí. La obra gauchesca tiene ilustraciones originales del artista argentino Pablo Ramírez Arnol, que vive en Bombay, lo que hace del volumen una edición única.

La traducción al bengalí del Martín Fierro fue un proceso largo. Se trata de una poética que abunda en giros regionales y tiene un glosario gauchesco, por lo cual exigió que la agregaduría cultural de la embajada asesorara los traductores literarios.

El foco del Programa Sur es apoyar la traducción de la literatura argentina en el exterior. Financia la edición de obras nacionales en cualquier otro idioma. Según ha expresado la Cancillería se trata del programa más importante entre los países hispanohablantes. Desde su creación ha subsidiado las traducciones de más de 1254 obras a 47 lenguas en 43 países diferentes.

Fuente: Primera edición


jueves, 18 de enero de 2018

Borges en laberintos cubanos



Jesús Mira

Fue en el primaveral 16 de setiembre de 1985, es decir, veinticinco años atrás, cuando Buenos Aires recibió al genial escritor cubano Roberto Fernández Retamar, quien era portador de una delicada misión: entrevistar a Jorge Luis Borges para ponerlo en conocimiento de que en Cuba habían decidido editar una antología con parte de su producción (poemas, cuentos y ensayos). Se necesitaba el acuerdo del escritor argentino, sobre todo porque algunas de las creaciones que los cubanos querían incorporar al futuro volumen no figuraban en sus Obras completas, dado que el autor no había autorizado su inclusión en estas últimas.

Como era de dominio público, Borges no manifestaba simpatía alguna por la Revolución Cubana y… finalmente, Fernández Retamar venía con el encargo de hacerle un sensible pedido: que cediera sus derechos de autor en esa puntual edición, porque como consecuencia del bloqueo norteamericano, la editora cubana no disponía de suficientes divisas, por lo que no estaba en condiciones de abonar los honorarios que legalmente le correspondían.

El caso es que Retamar llegó a la Editorial Hyspamérica, donde lo aguardaba su director, el generoso e inteligente Jorge Lebedev, quien había dirigido la colección personal de Borges con la colaboración de María Kodama. Ambos se habían comprometido a gestionar la entrevista.

Retamar y Lebedev toman entonces contacto telefónico con Kodama, y momentos después llegaba la voz de ella con la tan ansiada respuesta:

–Sí… dice Borges que puede venir ahora.

Posteriormente escribiría Fernández Retamar:

    El viaje demandó sólo algunos minutos, que me parecieron demasiados. Hasta que al fin me encontré frente al número 994 de la calle Maipú. En el sexto piso, la propia María Kodama me abrió la puerta. Me sentí impresionado por su belleza y la austeridad del piso.

Al entrar, Borges le pregunta:

    – ¿Qué edad tiene?

    – Cincuenta y cinco años –responde Retamar.

    –Pero si es un pibe, che… Yo tengo ochenta y seis.

    –Sí, pero yo vivo en el tiempo y usted ya está en la eternidad, que ha historiado, así como también ha refutado al tiempo –puntualiza Retamar.

    –Tampoco Borges es sucesivo.

    –En todo caso, de mis cincuenta y cinco años, he pasado unos cuarenta leyéndolo a usted.

    –Me excuso… –dice Borges.

Los dos intercambian opiniones sobre el Martín Fierro, sobre su autor y otros escritores latinoamericanos.

Retamar le comenta que en su juventud ya lo leía en un barrio orillero llamado La Víbora, y ante la pregunta de Borges: ¿Dónde está ese barrio?, Retamar contesta:

    –Queda en La Habana, capital de un país llamado Cuba, cuyo régimen político yo sé que usted no aprecia demasiado… Pero ni siquiera eso puede impedir que usted tenga allí millares de lectores, millares de admiradores.

Borges le hace un reclamo:

    –Hay textos que usted no puede poner en su selección –y menciona tres títulos, uno de ellos, “El hombre de la esquina rosada”.

Pero el autor cede al fin, y ese cuento estará en el volumen cubano.

Y así se llega al momento más espinoso de la entrevista, cuando Retamar le plantea el tema de los derechos de autor:

    –Lo que no podemos es enviarle dólares.

El escritor argentino acepta las condiciones con una definición muy borgeana:

    –A mí no me interesa el dinero.

Breve, contundente y satisfactoria contestación.

La tarde se había hecho noche y cubría con su oscuro manto a la Reina del Plata. Roberto Fernández Retamar se despedía con el compromiso de entregarle a Borges en persona varios ejemplares de la antología cubana de sus obras.

Poco tiempo después, fallecía en Ginebra Jorge Luis Borges, y aquel volumen se publicaba en Cuba con un éxito inusitado. La destacada pintora argentina Hilda Heller, que en aquel momento vivía en la isla, me relató a su regreso que “en sólo tres días se agotó la antología de Borges en las múltiples librerías cubanas”.

Fernández Retamar no pudo cumplir con la promesa de entregar el libro en manos de su autor. Él mismo había escrito el prólogo (lo que enriqueció la antología), en el que incluyó este final:

    Cuando falleció Miguel de Unamuno, Borges redacta una sentencia con la que quiero terminar por parecerme justa en ambos casos: “El primer escritor de nuestro idioma acaba de morir”.
Fuente: Centro Cultural de la Cooperación

El ‘antimodelo’ Borges continúa en clave de olvido en Cuba




 por Jorge Ignacio Pérez

La mala suerte que la obra literaria de Jorge Luis Borges ha tenido en Cuba y la razón de que fuera uno de los “escritores innombrables” de la Revolución cubana son los temas centrales de un libro que acaba de publicarse en EEUU.

Escrito en primera persona por el cubano Alfredo Alonso Estenoz, Borges en Cuba. Estudio de su recepción, publicado por el Centro Borges de la Universidad de Pittsburgh, es un volumen de bolsillo que brilla por su enjundiosa investigación.

Treinta y un años después de la muerte de Jorge Luis Borges (1899-1986), Alonso recrea una época en la que Cuba se cerró con siete candados con la idea de construir un “hombre nuevo”.

Según indica este profesor de literatura latinoamericana y lengua española en el Luther College de Iowa, “durante los años 70 y 80 Borges fue ignorado por el discurso crítico cubano, aunque (…) lo seguían leyendo los escritores que tenían acceso a su obra”.

El investigador recuerda que “durante esta década, el autor de Ficciones y El Alpeh, entre otras muchas obras, se convirtió en el antimodelo del tipo de intelectual que la Revolución promovía.

Para la reconstrucción total del periodo de unos veinte años en el que Borges estuvo vetado, que concluye con la publicación de la antología Páginas escogidas de Jorge Luis Borges en 1988, Alonso se apoya en muchísima bibliografía y dos fuentes fundamentales.

Una es el diario Borges que el amigo íntimo de éste y también escritor Adolfo Bioy Casares redactó con minucioso detalle y la otra es el prólogo de la antología que desde La Habana firma el crítico y director de Casa de las Américas, Roberto Fernández Retamar.

Por el diario de Bioy Casares (2006) se sabe que el haber firmado “un manifiesto en apoyo a los cubanos que en 1961 invadieron la isla por Bahía de Cochinos” fue suficiente para que el régimen castrista, que desde el comienzo centralizó toda gestión cultural, enviara al ostracismo a uno de los autores más universales y al latinoamericano hoy en día más citado.

Lo curioso es que, anteriormente, Borges había suscrito otro manifiesto condenando al dictador cubano Fulgencio Batista, pero aquella firma no se la tuvieron en cuenta los responsables de la política cultural que, como se encarga de consignar Alonso, no fueron pocos y respondían a una maquinaria muy bien engrasada.

Fernández Retamar, sempiterno director de Casa de las Américas, una institución estatal con fuerte enfoque político, primero arremetió contra Borges en la década de los años 70, para luego “reconciliarse” con él mediante la publicación de la antología.

Para tal empresa se reunió con Borges un año antes de que éste falleciera y obtuvo su autorización.

El diálogo de aquel encuentro en Buenos Aires, que Alonso extrae del prólogo de Páginas escogidas de Jorge Luis Borges, refleja, por un lado, que al final de su vida el escritor argentino continuaba siendo un electrón libre y por otro que la denominada “Revolución cubana” gozaba de un histrionismo conmovedor.

“Lo que no podemos es mandarle dólares”, expone Retamar. “A mí no me interesa el dinero”, responde Borges. “Le enviaremos cuadros o libros antiguos”, ofrece el otro.

El libro Borges en Cuba. Estudio de su recepción es algo más que un acto reivindicativo.

Entreverada presenta también una síntesis bastante clara y organizada de la historia de la censura oficial en Cuba desde 1959.

No escapan de estas 166 páginas autores como Luis Rogelio Nogueras, que al morir a los 41 años había dejado una obra fuertemente “borgeana” sin haberse atrevido a nombrarlo.

“Borges es el ‘ingrediente secreto’ que hace posible la distinción de Nogueras en la poesía cubana de la época”, escribe el investigador.

El infortunio que la obra de Borges ha tenido en Cuba llevó a que un estudiante universitario como lo era Alonso en los 90 confundiera el apellido del argentino con el del comandante sandinista Tomás Borge, autor bien visto y promocionado entonces en Cuba.

Aunque Retamar “rescató” a Borges en 1988 dejando claro que ya no era un escritor maldito, la antología, apunta Alonso, no se encuentra con facilidad en la isla.

Se vende en dólares y no está en librerías, sino en manos de anticuarios.

Ir al Prologo de Fenandes Retamar :


Fuente : El Nuevo Herald  -  Jorge Ignacio Pérez EFE - 18 de enero de 2018

viernes, 12 de enero de 2018

Por qué la obra de Borges trascenderá incluso al premio Nobel




El debate con respecto a la razón por la que la Academia Sueca nunca le concedió el el galardón literario llegó a su fin. ¿Es menos importante su legado por no contar con el premio o sólo es una anécdota?

Por Martín Hadis

El períodico Svenska Dagbladet informó ayer que la Academia Sueca "desclasificó" el informe acerca de la decisión de a quién otorgar el premio nobel de literatura de 1967. Al parecer ese año, en el que resultó ganador Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges fue rechazado porque el presidente del Comité, Anders Osterling, argumentó que el autor de El Aleph le parecía "demasiado exclusivo o artificial".

Muchas veces me han preguntado sobre esta cuestión. De hecho la pregunta sobre Borges y el nobel se ha convertido en lo que se dice "un clásico": casi no hay diálogo en el que participe sobre Borges en el que no surja: ¿Por qué no le dieron el Nobel a Jorge Luis Borges?

Mi respuesta es invariablemente la siguiente: lo que realmente ocurrió no fue que no le dieran el Premio Nobel a Borges. Lo que realmente ocurrió fue que no le dieron Borges al Premio Nobel.

Me explicaré:

La antigua civilización sumeria que inventó la escritura floreció hace aproximadamente 5000 años en la región de Oriente Medio conocida como Mesopotamia, entre las planicies aluviales de los ríos Éufrates y Tigris.
Ahora bien: ¿cuál es, exactamente, el número de academias o comités de la civilización sumeria que la mayoría de nosotros podría enumerar de memoria? Exactamente cero. Y sin embargo seguimos leyendo la antigua épica de Gilgamesh.

No solo eso: esa antigua obra literaria que narra las sucesivas aventuras que el rey Gilgamesh atraviesa en su vana búsqueda de la inmortalidad ha sido traducida a decenas y decenas de idiomas. Solo por citar algunos: inglés, alemán, holandés, polaco, chino, japonés, estoniano, y … ¡hasta klingon!

Las antiguas academias sumerias realmente existían. Se llamaban "edubbas", nombre que significa "casa de las tablillas", por las tablillas de barro en que se inscribían entonces con los curiosos caracteres cuneiformes. Estas academias eran lugares de estudio, debate, aprendizaje y acopio de textos. Las había de distintas clases, con diferentes rubros y énfasis. Una, identificada en Nippur, fue llamada "Casa F" por sus descubridores modernos. Contenía cientos de tablillas inscriptas, todas hechas pedazos. En Ur se encontró otra que los arqueólogos denominaron simplemente: "Casa 7". Cuesta pensar lo implacable que resultó el paso del tiempo para esas instituciones: ni siquiera sabemos cómo se llamaban. No han sobrevivido siquiera sus nombres.

¿Qué quiero decir con todo esto? Que dentro de 5000 años seguramente seguiremos leyendo a Borges – acaso en idiomas que hoy aún no existen. Y para entonces, dudo que nadie pueda citar el nombre de una sola academia de nuestro mundo actual, que para entonces se habrá convertido en una antigüedad remota. Esta no es una observación a favor ni en contra de Borges, ni a favor ni en contra de ningún país o comité en particular. Es la mera comprobación de un hecho histórico: las grandes obras literarias suelen sobrevivir a sus creadores, y aún a las civilizaciones y lenguajes que les dieron origen. Todo parece que indicar la obra de Borges sobrevivirá al paso de los siglos. No sería tan optimista con respecto a ningún comité actual.

Vale recordar aquí también que de la Inglaterra sajona han llegado hasta nuestros días más poemas que edificios.

Fuente: Infobae

El Automático: un café convertido en nostalgia


Este tinteadero era el de más pedigrí en Bogotá. 70 años después, sigue dando que hablar.

 En el local donde funcionó el café El Automático se encuentra hoy el restaurante Amarillo.
Foto :Abel Cárdenas / EL TIEMPO

Por: Óscar Domínguez Giraldo

Dicho sin mucha originalidad, el hombre es él y los cafés que frecuenta para darle de comer a la palabra. En el ADN de todo café está la institución colombiana del tinto. El hombre de la calle ha tenido desde siempre el café por escenario, “ágora o garito”.

Alrededor del bebestible originario de Etiopía que llegó al país por la vía de las parsimoniosas carabelas, ha transcurrido buena parte de la historia de la parroquia. Más de una conspiración tuvo origen en sus relajados predios. Entre los de su especie, El Automático bogotano, una nostalgia con olor a café, es el que tiene más pedigrí. Sigue dando que hablar a los setenta años de vida y leyenda que cumple en 2018. Cuando nació no se conocía “coca ni morfina”. La gente se miraba a la cara, no a la pantalla de su iPhone.

Echar paja, despotricar, comer prójimo es uno de los grandes rituales nacionales que se practican en el café, para muchos el mejor cuarto de la casa. En su interior sucede todo lo que no pasa tejas adentro. “Van al café para estar en el café”, sintetizó el cronista Julio Camba, al escribir sobre los sitios que frecuentaba en España. A la historia le gusta repetirse en otras latitudes.

Sobre la metafísica de esos sitios de encuentro, el escritor Jorge Regueros Peralta dejó dicho que en los cafés “se analizaban las nuevas obras, los poemas nuevos, las obras de arte novísimas y se establecía una frontera crítica, un cambio de criterios sincero”.

Para la poeta manizaleña —nada de poetisa, exige ella— Marujita Vieira, quien sigue cumpliendo años el 24 de diciembre, los cafés fueron espacios para “el intercambio y la comunicación de figuras literarias del siglo XX”. La esposa del poeta Vivas, otro habitué de El Automático, fue una de las que pasaron por encima de la norma dictada a las mujeres por la escritora venezolana Teresa de la Parra sobre la forma de conducirse entre los hombres: “Ser bella y callar”.

La primera en desobedecer fue la escritora Emilia Pardo Umaña. Lucy Tejada, Cecilia de Gómez, Cecilia de Ibáñez, Sofía Imber, también venezolana, fueron otras audacias femeninas que se instalaron en ese sancta sanctorum del macho alfa que fue durante años el legendario Automático.
Vivir en el café

“Duermen en su casa pero viven en el café”, decía una de las meseras al biografiar al cliente VIP del celebérrimo parche por el que pasó el matutino, el vespertino y el nocturno de la palabrería criolla. La frase la puede haber dicho Pina, o Carmen, o Edelmira o la ‘Negra’, para mencionar solo cuatro de las famosas meseras que atendían a una variopinta bohemia intelectual de tinto y/o aguardiente en el local de la avenida Jiménez n.° 5-28. Las meseras eran tan necesarias como el agua y la luz. En ese lugar funciona hoy el restaurante Amarillo. Nada en su escenografía recuerda al viejo café. Revistas de moda que airean las vanidades de la gente del gajo de arriba les alborotan la libido a los comensales con los pectorales de Sofía Vergara. Otros pechos inspiraron estos versos de León de Greiff, el cliente más famoso de El Automático: “Esa mujer es una urna, llena de místico perfume...”.

Curioso el fenómeno: De Greiff y El Automático han terminado siendo sinónimos, van de la mano como los puntos de la diéresis. Hasta el Nobel Gabriel García Márquez recuerda en sus memorias su paso por el café cuando Bogotá era un aguacero perpetuo y la gente vivía debajo de un paraguas.

El fabulista se había conocido con el panida en el café El Molino, cuando empezaba a figurar duro como narrador. El Espectador se encargó de darlo a conocer. Al principio, el futuro Nobel, tímido de profesión, se hacía lejos de sus colegas de letras. No se sentía con ropita para hablarles de tú a tú.

El Bogotazo del 9 de abril lo alejó a sombrerazos de la nevera (el célebre café es posterior al Bogotazo). Cuando regresó, cuenta Gabo que “el maestro se había mudado con sus bártulos y su corte de amigos al café El Automático, donde nos hicimos amigos de libros, y me enseñó a mover sin arte ni fortuna las piezas del ajedrez”. Cierto, los dos, estuvieron lejos de ser virtuosos en el juego que protege Caissa.

Entre sus múltiples características, El Automático fue sitio de encuentro de ajedrecistas desde 1972. Su dueño más famoso, el paisa Fernando Jaramillo Botero, era presidente de la liga de Cundinamarca a pesar de que no distinguía entre un haikú y un alfil. Fotos hay que muestran al maestro Boris de Greiff enfrentado a Daniel Arango, con el tiempo y algunos mates ministro de Educación. En la foto publicada en Jaque al olvido, uno de los tantos libros que nos dejó Boris, su taita sigue atento la partida, “la alta pipa” en su boca, como una prótesis. (También reproduce una partida del fundador de EL TIEMPO, Alfonso Villegas Restrepo).
El Automático

Sus principales clientes eran personajes de la cultura. En la foto, Boris de Greiff juega contra Daniel Arango. Observan León de Greiff y Hjalmar, otro de sus hijos.
Foto:

Tomada del libro 'Jaque al olvido'
Ducho en cafés

El histórico café era una especie de ONU en la que estaba representado el país. Empezando por su propietario en épocas de vacas gordas, Jaramillo Botero, uno de los quince hijos de Raimundo y Evelia, de La Ceja, Antioquia, quien antes de recalar en Bogotá hizo escalas en Medellín y Manizales. Terminó su andadura en 1971 en Girardot, adonde se retiró enfermo al final de sus días. Antes de coleccionar cafés, Jaramillo Botero —lo cuenta el cronista mayor Felipe González— se había dedicado en Manizales a otros menesteres menos poéticos, como fabricar fulminantes para escopetas de cacería, palillos de dientes, muebles...
Todo pasaba en el Centro

Jaramillo Botero desembarcó en la plaza bogotana en 1938. Tenía 25 años. “En la carrera Séptima todos nos encontrábamos con todos... transitaban las gentes humildes y las gentes importantes”, diría el poeta Fernando Arbeláez, uno de la logia automática. Jaramillo, insigne todero, sacó tiempo para enamorarse de Lina Botero, tolimense. El tsunami de amor fue tal que a los siete días se casaron.

Amigo de la cháchara, pronto se volvió parroquiano del café El Félixerre. Terminó comprándolo. Lo mismo hizo con el Mahoma, el Polo, el Luis XV, el Gato Negro.
Al insólito coleccionista de cafés lo esperaba El Automático, antes restaurante La Fortaleza, fundado por el piloto Benjamín Méndez Rey. En un primer cambio de propietarios fue rebautizado El Automático, porque la nueva administración, un matrimonio belga, tenía en mente convertirlo en una especie de autoservicio.
La importancia de un veto

El panida León de Greiff era cliente de El Automático, pero no gozaba de la simpatía del matrimonio que lo había comprado. Jaramillo Botero conoció del veto y lo compró con todo y su famoso mezanine habilitado en 1952 como galería de arte para que conocidos y anónimos colgaran sus cuadros y donde los nadaístas dieron una conferencia en cabeza de Gonzalo Arango, su creador y descreador, quien llegó con una caja de embolar de la que sacó el texto escrito en papel higiénico.

Conocidos pintores eran Marco Ospina, Ignacio Gómez Jaramillo, los Tejada, Obregón, Grau, Ramírez Villamizar, Fernando Botero. El joven Ómar Rayo (importado de Roldanillo, Valle) debutó con su “bejuquismo”. Y, como para todos había, los anónimos pintores que no contaban con el aval de Marta Traba se peleaban las paredes: Marco Ospina, Montaña, Sabogal, Rojas Herazo, Alfredo Soto.

El amigo de Gabo, el barranquillero Orlando Rivera, Figurita, fue el que puso la primera piedra a la naciente galería. Jaramillo lo rescató del vecindario, en el parque Santander. En reciprocidad, Rivera rebautizó a su mecenas como “Fernando-Automático”.

El galerista por accidente nunca se dio ínfulas de crítico. Los cuadros le gustaban porque sí. O no le gustaban. La crítica rebuscada se la dejaba a los intelectuales puros o impuros, que mojaban el ego con aguardiente del Estado, como escribió Pedro Restrepo Peláez, otro parroquiano cuando no andaba por México o los Estados Unidos.
Las grandes ligas

En Colombia todo está segmentado por estratos (hoy numerados en 1, 2. 3...), hasta los cafés. No todo el mundo podía sentarse a la mesa de mimados por las musas, como Jorge Zalamea, recién desempacado de Europa, De Greiff, Alberto Ángel Montoya, Guillermo Payán Archer, Gómez Jaramillo, Gaitán Durán, el capitán Juan Lozano (sí, el del soneto a la catedral de Colonia), Hernando Téllez. ¡Ah! Y había dos Téllez: el gran escritor, autor del tal vez mejor cuento colombiano, Espuma y nada más, y Hernando Téllez Blanco, lagarto que asistía a los cocteles como si fuera el otro.

Luis Vidales, el comunista de Suenan timbres, tío del poeta Roca, llegó de Calarcá a tirar línea marxista en su mesa. El periodista Juan Roca Lemus, Rubayata, taita de Juan Manuel, apacentaba su propio rebaño. Periodistas de EL TIEMPO y El Espectador, diarios vecinos de El Automático, caían como golondrinas a airear la lengua y a pescar alguna chiva suelta. El fallecido Rogelio Echavarría, de Santa Rosa “sobre oro edificada”, como la llamaba su paisano Barba Jacob, pulía los versos de El transeúnte.

El Loco Gonzalo Castellanos, venido de Málaga, Santander, intentaba entrevistar a la estrella del establecimiento. El nonagenario preguntaba, De Greiff callaba. El ‘Gorila’ Iáder Giraldo entapetaba el negocio con los vales que firmaba como si fuera una de sus famosas crónicas políticas en El Espectador.

La secta de los piedracielistas, liderada por Carranza y Carlos Martín (profesor de Gabo), tenía su república independiente en una de las mesas. Los “Nuevos” decían presente con los mencionados Zalamea y Vidales. Que no falten los “cuadernícolas”. El entonces tímido poeta Fernando Arbeláez, de esta corriente, le cazaba peleas con seudónimo al dueño del patio, León de Greiff. Luego, en reconocimiento a su talento, sería admitido en el festín de los hermanos mayores.
Anónimos con mesa propia

En uno de sus libros, editado por la Universidad Jorge Tadeo Lozano, cuenta el periodista Carlos J. Villar Borda, otro asiduo, que “al maestro León lo trataba todo el mundo con enorme respeto. Era silencioso y abstraído, fumaba cigarrillos prendidos de una larga boquilla y prefería las mesas en donde no había intelectuales, porque odiaba las conversaciones presuntuosas de estos últimos”.

Concurrían otros asistentes sin mayores nexos con las musas: “Al café, sigue Villar, hermano de Leopoldo, columnista de EL TIEMPO, asistían personas que tenían oficios menores, como el de vender libros, o estanterías o pólizas de seguros, o simplemente que estaban sin empleo y de alguna manera se sentían atraídos o hacían amistad con los contertulios intelectuales”. Costeños y cachacos hacían rancho aparte para desatrasarse de nostalgias y sentirse como en casa.

La cofradía de los hípicos tenía gurú propio: ‘el Mago’ Guillermo Dávila. El viernes, Dávila y su tribu hípica vivían su warholiano cuarto de hora de fama. Era explicable: a dos días de las carreras en el hipódromo de Techo, los parroquianos de El Automático tentaban la suerte, que se expresaba a través del 5 y 6.

El bumangués Dávila —linotipista y colega de García Márquez en la fugaz empresa de fundar en Cartagena el periódico más pequeño del mundo, Comprimido— y su séquito de locutores, comentaristas, preparadores y jinetes compartían sus conocimientos con quienes soñaban con ponerle fin a su “flaca bolsa de irónica aritmética”, dicha en la jerga del panida León.

Entre los vinculados a la hípica estaban Germán García y García, Jorge Torres Lozano, Manuel Escobar, Santiago Munévar, Alfonso Zuluaga, Francelino Murcia.

Donde hay poesía hay emboladores y, desde luego, loteros. También ellos formaban parte del paisaje con el mensaje de la buena fortuna escrito en quinticos de lotería.

Los estudiantes tenían nicho propio. García Márquez lo cuenta: “Al mediodía regresábamos al centro de la ciudad y nos íbamos a los cafés, donde todos estudiábamos. Si vivías en una pensión, no había lugar para trabajar. Los dueños de los cafés dejaban a los estudiantes apoderarse de un rincón, igual que a los clientes asiduos”.

Poco gastaban. El dueño, el paisa Jaramillo, se iba haciendo rico en vales de los intelectuales que finalmente no pagaban la cuenta. De todas formas, no tenía problemas de chequera. Era generoso por amor al arte.
Los cafés no mueren

Como todo tiene su tiempo bajo el sol, al mecenas Jaramillo Botero le fue llegando el ocaso. Una enfermedad lo obligó a retirarse a Girardot, en busca de mejores aires. Hizo valer el paisanaje y le vendió la niña de sus ojos a otro paisa de Jericó, coterráneo de la madre Laura, Enrique Sánchez, diminuto, imaginativo. Le tocó el trasteo de El Automático a un local cercano al parque Santander, donde funciona actualmente la cafetería Glück. Ningún cachivache recuerda tampoco la célebre cofradía de los automáticos.

Sánchez había hecho su primaria en cafés del centro donde despachaba como empleado en la Droguería Granada, recuerda Daniel Samper Pizano. Recetaba y les recitaba poemas a los achacosos. Un método curativo tan infalible. Uno de sus clientes fugaces fue un tal Jorge Luis Borges. De regreso a su Buenos Aires querido, Borges, eterno candidato al Nobel de literatura, cliente fugaz de El Automático por invitación de Sánchez, elogió a Bogotá, “en donde hasta los boticarios recitan poesía o hablan de Quevedo”. Sánchez, además del remedio, alivió a Borges con un extenso poema de Francisco Luis Bernárdez. El asesinato de Sánchez selló la suerte de El Automático.

Sobrevive con el mismo nombre un lánguido café en la calle 18 n.° 7-41. La tarde que visité el local, su dueño, Hernando Betancur, admitió que aparte de la reproducción de una foto de De Greiff con el fondo de una caricatura que le hizo Merino, no quedan huellas del viejo plante. Pero la leyenda continúa.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
Especial para EL TIEMPO
Exdirector de Colprensa

Fuente: El Tiempo  -  Bogota